El dia 3 de octubre de 2026, se cumplen ochocientos años del Tránsito de san Francisco de Asís. En la tarde del 3 de octubre de 1226, en la pequeña Porciúncula, Francisco entregaba su vida al Señor. Allí, en el mismo lugar donde había acogido la llamada de Dios y donde había comenzado a reunir a sus primeros hermanos, culminaba también su peregrinación terrena. La Familia Franciscana vive este VIII Centenario como la celebración de la Pascua de Francisco, como el cumplimiento de una existencia que, poco a poco, había aprendido a dejarlo todo en las manos de Dios.
Y quizá esta sea la mejor manera de acercarnos hoy a su Tránsito: no contemplando únicamente el momento de su muerte, sino mirando toda su vida para comprender cómo llegó a recibir a la muerte como una hermana. Francisco no aprendió a morir solamente cuando se acercaba el final; aprendió a morir cada día, porque aprendió a entregarse cada día.
Al comienzo de su camino estaba un joven de Asís que soñaba con riquezas, prestigio y gloria. Pero Dios fue conduciéndolo por otro camino. En su Testamento, escrito al final de su vida, Francisco no comienza hablando de sí mismo como protagonista de una gran aventura espiritual. Comienza con estas palabras: «El Señor me dio». El Señor le dio comenzar a hacer penitencia, el Señor lo condujo entre los leprosos, el Señor transformó en dulzura aquello que antes le resultaba amargo.
Aquí encontramos una de las claves de toda su existencia: Francisco entendió que su vida no era una conquista personal, sino una historia de gracia. No fue él quien fabricó su vocación; fue Dios quien salió a su encuentro. Por eso pudo escribir también que, después de que el Señor le dio hermanos, nadie le mostró lo que debía hacer, sino que el Altísimo mismo le reveló que tenía que vivir según la forma del santo Evangelio.
Y ese Evangelio no quedó para Francisco en un ideal abstracto. Se hizo vida. Jesús había dicho: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). También había dicho al joven rico: «Ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres» (Mt 19,21). Francisco escuchó estas palabras no como una bella exhortación, sino como una llamada concreta. La Regla de los Hermanos Menores resumirá después esta experiencia diciendo que la vida franciscana consiste en guardar el santo Evangelio viviendo en obediencia, sin propio y en castidad (cf. 1 R 1,1).
Por eso, cuando hablamos de la pobreza de Francisco, no debemos reducirla solamente a la ausencia de bienes. Su pobreza nace de una relación: Dios es el Bien, Cristo es el centro, y todo lo demás es recibido como don. Francisco no quiere poseer nada para poder recibirlo todo de Dios. En la Regla, los hermanos son llamados peregrinos y forasteros, hombres que no se apropian de casa, lugar ni cosa alguna, sino que viven confiados en la Providencia y en la fraternidad (cf. 1 R 6).
La pobreza de Francisco, por tanto, no es vacío estéril; es disponibilidad. Sus manos están libres porque no quieren aferrarse. Su corazón está abierto porque no quiere encerrarse. Y así aparece otro rasgo esencial de su vida: la fraternidad. Francisco descubre que seguir a Cristo significa recibir hermanos y hacerse hermano. No quiere dominar; quiere servir. En la Regla no bulada pide que los hermanos se sirvan y se obedezcan unos a otros por caridad, recordando que «el que es mayor entre ellos, hágase como el menor» (cf. Lc 22,26).
La misma lógica aparece en su encuentro con los leprosos. Allí comienza, según su propio Testamento, el camino de penitencia. Lo que le producía amargura se convierte en dulzura cuando se acerca al hermano herido. Francisco descubre que Cristo se encuentra precisamente allí donde el mundo no quiere mirar. Su conversión pasa por aprender a amar al que antes rechazaba. Y ese aprendizaje no terminará nunca, porque toda su vida será un continuo salir de sí mismo para encontrarse con Dios en el hermano.
Pero el centro de todo seguía siendo Cristo. Francisco fue un hombre profundamente enamorado de Jesucristo, y como consecuencia de este amor fue un hombre enamorado de la naturaleza, de la pobreza o de la paz. En La Verna, en 1224, contempla al Crucificado y recibe los estigmas; Benedicto XVI explicó que estos signos expresaban su íntima identificación con Cristo crucificado. El Crucificado se convierte así en la forma de su vida: amar hasta la entrega, perdonar, servir, abrazar, sufrir con esperanza y confiar enteramente en el Padre.
Dos años después, aquel camino llega a su término. Enfermo y casi ciego, Francisco compone gran parte del Cántico de las Criaturas. Y resulta profundamente significativo que, cuando parece que todo se oscurece a su alrededor, su corazón sea capaz de seguir alabando. Alaba al hermano sol, a la hermana luna, al agua, al fuego, a la tierra. Alaba también a quienes perdonan y soportan la enfermedad y la tribulación. Y finalmente alaba a Dios por «nuestra hermana la muerte corporal».
No se trata de una visión ingenua de la muerte. Francisco sabe que la muerte es seria y que la vida puede cerrarse en pecado. Pero para quien se encuentra en la voluntad de Dios, la muerte ya no tiene la última palabra. La muerte se convierte en tránsito, en Pascua, en paso hacia la plenitud. La tradición franciscana conserva el hermoso relato de Francisco pidiendo que sus hermanos cantaran el Cántico cuando comprendió que se acercaba su hora. El Espejo de Perfección presenta ese momento como la culminación de una vida en la que pobreza, sufrimiento, alegría y esperanza confluyen en la última alabanza.
Y entonces comprendemos que la muerte de Francisco resume toda su vida. El joven que un día había querido poseerlo todo termina sin querer poseer nada. El hombre que había buscado la gloria humana termina buscando únicamente la voluntad de Dios. El que había temido al leproso aprende a hacerse hermano de todos. El que había contemplado al Crucificado recibe sus llagas. El que había aprendido a agradecer todos los dones termina dando gracias incluso por la muerte.
Francisco muere pobre, pero no muere vacío. Muere con el corazón lleno de Cristo.
Por eso el Tránsito no es para nosotros una invitación a mirar tristemente hacia atrás. Es una pregunta dirigida al presente. Ocho siglos después, Francisco sigue preguntándonos qué significa vivir el Evangelio de verdad. ¿Qué cosas necesitamos soltar? ¿Qué riquezas, seguridades, resentimientos, orgullos o deseos de control nos impiden vivir con las manos abiertas? ¿Somos capaces de recibir la vida como don y de devolverla como ofrenda?
San Francisco nos enseña que aprender a morir cristianamente comienza mucho antes de la última hora. Comienza cada vez que perdonamos; cada vez que servimos sin esperar reconocimiento; cada vez que compartimos; cada vez que escogemos la sencillez frente al orgullo; cada vez que acogemos al que sufre; cada vez que dejamos que Cristo sea más importante que nosotros mismos. Comienza cada vez que somos capaces de decir:
«Señor, esto que tengo no es mío.
Esta vida no es mía.
Este hermano no es mío.
Este tiempo no es mío.
Todo es don.
Todo puedo recibirlo.
Todo puedo devolvértelo.»
Quizá por eso, ochocientos años después, el mensaje del Poverello siga siendo tan actual. No porque tengamos que imitar exteriormente todos sus gestos, sino porque su vida nos señala una dirección: salir de nosotros mismos para encontrarnos con Cristo y, en Cristo, con los hermanos y con toda la creación.
Francisco llegó a la muerte porque durante toda su vida había aprendido a decir «sí» a Dios. Y cuando llegó aquella última tarde en la Porciúncula, no tuvo que inventar una respuesta nueva. Simplemente pronunció hasta el final la misma palabra que había dado sentido a toda su existencia: entrega.
Su Tránsito nos recuerda que la última palabra del cristiano no es la muerte. La última palabra es Dios.
Y quizá esta sea la pregunta que san Francisco nos deja hoy: ¿qué nos queda todavía por entregar?